El “Indio del Agujero” así se denomina a un hombre de unos 50 años que vive absolutamente aislado en una zona de la Amazonia y que es el último sobreviviente de su etnia.
Hace 22 años, la Fundación Nacional del Indígena (Funai) de Brasil lo observa a distancia ya que el indígena no quiere tener contacto con el mundo exterior. Vive en un área de 8.000 hectáreas que tiene protección legal garantizada hasta 2025 y se sabe muy poco sobre él.
No se conoce qué idioma habla. A su paso construye casas y las abandona, como es típico de la cultura indígena, y adentro de sus casas siempre hay un agujero, por eso es el ‘indio del agujero’ y por eso suscita tanto misterio, porque no se sabe para qué lo usa. Veintidós años después se sigue estudiando si es por un motivo religioso, de supervivencia, si es para el mismo, si es una trampa para invasores o qué. No está claro porque no se puede entablar un contacto con él y hay que entrar en la casa después de que están seguros que se fue, porque la legislación brasileña determina que si el indígena demuestra que no quiere contacto, hay que dejarlo tranquilo”.
Sí se sabe que usa un cuchillo grande, que fue puesto a disponibilidad por los empleados de la Funai, y en las imágenes difundidas recientemente se lo puede ver usándolo para cortar un árbol.
El último contacto que tuvieron con él fue en 2005 y terminó mal, con el indio tirándole flechas a uno de los empleados de Funai, que resultó herido. Desde entonces se ha decidido dejarlo tranquilo.
El “Indio del Agujero” pertenece a un pueblo que en los años 90 formaban un total de seis personas, y fue el único superviviente de una masacre efectuada por hacendados.
En Brasil hay unas 818.000 personas que son indígenas y viven en diferentes grados de contacto con la sociedad. El “Indio del Agujero” también genera debates, ya que una parte de la población brasileña cree que el indio tiene que ser integrado a la civilización. Existe una concepción que viene muy fuerte desde la dictadura, cuando se entró a Amazonia para llevar el progreso. Cuando empezaron con las rutas como la Transamazónica se diezmó a centenas de indígenas. Se sabe que todavía Amazonia es una tierra de nadie, con negocios nebulosos. La familia de este hombre murió en 1995 y nunca pasó nada. Es un tema sensible y ese hombre se volvió un bastión de una lucha mucho más grande de preservar lo poco que todavía hay de población originaria en Brasil.