Sábado, 18 horas: Damiani agrede con un golpe de puño a un hincha de Peñarol que, enojado tras la derrota y el pésimo juego de su equipo ante Danubio, lo increpó a la salida del Estadio. Lo trató de “vende humo”, de “ladrón” y le preguntó qué hizo con la plata que el hincha puso para su butaca en el supuesto futuro estadio de Peñarol.
Domingo, 18 horas: Parte de la barra brava de Nacional va rumbo a la entrada del palco para interceptar la salida de los jugadores luego del empate con Cerro. La intención es apretarlos. Les dicen que “Esto es Nacional” como si los jugadores no lo supieran. Les exigen que metan como si a los jugadores les diera lo mismo ganar o perder.
Los incidentes del fin de semana marcan una vez más lo lejos que están los dichos de los hechos respecto de la violencia en el fútbol uruguayo.
“Son cosas del fútbol”, dijo Damiani luego de la trompada. Como si fuera un delantero que erró una posibilidad de gol, un golero que descolgó mal un centro o un técnico que se equivocó en un cambio. “El que tiene que pedir disculpas es él. No es correcto lo que hice, pero no estoy dispuesto a que me falten el respeto”, agregó en El Observador, con menos autocrítica que un niño de tres años que rompió un juguete y su papá lo reta.
La acción de Damiani y sus declaraciones posteriores son otra muestra de su habitual falta de cintura. Lo mismo dice que no puede contratar “monaguillos para que controlen la tribuna”, tal si fuera una frase inteligente y chistosa, como le pega a un hincha que se la agarró con el primero que vio porque salió caliente del estadio o justifica que tiene “sangre italiana”.
El presidente de Peñarol parece no darse cuenta que su cargo tiene beneficios pero también responsabilidades. La trompada de Damiani lleva un mensaje implícito y tiene un simbolismo peligroso.
Si la máxima autoridad del club responde un cuestionamiento de un hincha con una trompada y, para peor, luego la justifica ¿con qué derecho se le dice a una hinchada que no sea violenta? ¿Con qué cara se pide que mantenga la cordura? ¿Con qué aval se trata de que no responda a una provocación?
Es más, tras una actitud barriobajera de este tipo ¿con qué argumento se les pide a los jugadores que se comporten como profesionales?
Como personas públicas expuestas a diario a críticas y reproches, cualquier presidente de un club grande debe saber convivir con una persona enojada que se saca la bronca con un insulto. Golpearla sin mediar palabras no entra en ningún manual. Y si no piensen en Florentino Pérez, Massimo Moratti o Uli Hoeness golpeando a un hincha que lo increpa.
Pero para Damiani “son cosas del fútbol”.
Un día después los hinchas de Nacional demostraron que no son distintos a ninguna otra hinchada, aunque se lo quieran creer.
El hall por donde entran y se van del Parque jugadores, periodistas, butaquistas y palquistas fue copado por un grupo de barras enojado por el rendimiento del equipo y, en especial, de algunos jugadores. Hubo forcejeos y golpes entre barras e integrantes de la seguridad mientras algunos futbolistas querían participar de la pelea.
Es parte del clima que se instaló desde hace un tiempo en el club. Nacional como institución tiene que bajar la pelota. Debe transmitir un mensaje tranquilizador. Una buena parte de los hinchas, dirigentes y jugadores se convencieron que el mundo está complotado en su contra y viven así. Y se lo terminan creyendo. Eso es peligroso. Nacional ganó más campeonatos que ninguno en los últimos años por solidez institucional. Es de los mejores en juveniles. Pero precisa calma.
Apenas terminó el clásico de la Copa Bimbo con la injustificable agresión de Jorge Bava, el presidente Eduardo Ache dijo en El Observador que Peñarol tenía “patente de corso”. Días después la directiva de Peñarol sacó un comunicado patético que solo corroboró la inconsciencia de los actores del fútbol respecto de una violencia que ellos mismos generan.
En ese momento, si bien Ache dijo que la actitud del golero estaba mal fue demasiado ambiguo. “Es bueno que también los periodistas, cuando vayan a publicar la toma de la televisión, no corten y empiecen exclusivamente en el momento que Bava reacciona. Porque es claro que Bava reaccionó contra algo. Cuando lo pasaron 118 veces en la televisión, ese 'contra algo' no estaba”, se quejó.
La reacción de la barra tricolor es parte de esa ambigüedad que el club demuestra ante la violencia. A tal punto que un grupo de hinchas se sintió con potestad para ir a apretar a los jugadores.
Ramón Jesús, más conocido como el “Gordo Ramón”, líder del grupo que increpó a los jugadores explicó ante los medios qué buscaron. “Si vos no cumplís tu función de periodista va a venir un colega y te va a decir ‘bo, yo meto y vos no metés’. Tan sencillo como eso”. Y agregó: “La relación siempre fue igual, ellos su trabajo nosotros el nuestro”.
Sería bueno preguntarse cuál es el “trabajo” de esos hinchas. ¿Avisarles que “esto es Nacional”? ¿Informarles que si ganan salen campeones y si pierden no? ¿Recordarles el sueldo que ganan? Lo que hizo parte de la hinchada de Nacional hay que condenarlo de forma enérgica. Solo buscó amedrentar a los jugadores, infundirles miedo.
Las situaciones son distintas porque si bien lo de Damiani institucionalmente es grave es mucho más peligroso que una barrabrava se ponga a la altura de los jugadores y crea que tiene potestades para apretarlos.
Mi primer editorial en 180 fue el 18 de noviembre de 2008. Justo después de un incidente en Jardines entre hinchas de Danubio y Nacional, rivales que se enfrentarán el fin de semana en el mismo escenario. Por entonces me preguntaba si de verdad los dirigentes del fútbol uruguayo querían terminar con la violencia. Cuatro años y medio después ya tengo la respuesta.
Ante esta situación tiro una idea. Que la bien intencionada campaña de Hinchas de verdad recomiende también que la gente no confunda un dirigente con un hincha.
Las opiniones vertidas en las columnas son responsabilidad de los autores y no reflejan necesariamente posiciones del Portal 180.
