El regreso de Peñarol a un torneo internacional fue con una sonrisa. El cuadro de Keosseian logró una victoria merecida que ilusiona a su gente. La Sudamericana es una copa a la que los equipos más poderosos le dan una importancia relativa y eso aumenta las posibilidades de los más humildes. Quedó demostrado más de una vez que un equipo bien armado puede llegar lejos.
Ante Barcelona, Peñarol salió a jugar como si estuviera en el Centenario. Y el hecho es para destacar. Más allá de las carencias del rival, el equipo uruguayo se plantó como un grande del continente y dominó a su rival de movida.
El secreto del fútbol es desplegar un buen juego colectivo pero para lograrlo se precisan destacados rendimientos individuales. Y Peñarol cubrió los dos rubros. En el fondo no hubo complicaciones. En el medio, Marcelo Sosa y Egidio Arévalo Ríos se complementaron a la perfección en la mitad de la cancha. No dejaron pasar a nadie y además distribuyeron bien. Más adelante se posicionaron Fabián Estoyanoff, Antonio Pacheco, Alejandro Martinuccio y Cristian Palacios, un acierto del técnico.
En 15 minutos, Peñarol ya había tenido dos claras. Una de Palacios y otra de Estoyanoff, tras notable asistencia de Pacheco. Las dos salieron desviadas.
El equipo uruguayo funcionaba de forma compacta. No había espacios entre las líneas, todos colaboraban en la marca y la transición hacia el ataque se hacía rápido y con varios futbolistas.
Si el gol no llegó en el primer tiempo fue porque Peñarol no tuvo claridad a la hora de definir. Quizá esa sea la mayor preocupación para el hincha. La falta de un cabeza de área que aparezca al lado del arquero rival.
El comienzo del segundo tiempo fue similar a la primera parte. Sin sobresaltos en defensa y con situaciones en ofensiva Peñarol merecía el gol. Estoyanoff y Martinuccio eran incontenibles por las bandas, Pacheco y Palacios ofrecían claridad por el centro, Emiliano Albín y Matías Aguirregaray se animaban con subidas y el Barcelona estaba desbordado.
El gol fue consecuencia de la superioridad. Tras varios intentos de rechazo de la zaga ecuatoriana, Egidio la tomó cerca de la media luna, clarificó con un pase para Aguirregaray y el Vasquito, el mismo que apareció en la final del Uruguayo, remató al arco. La pelota rebotó en Perlaza, dio en el horizontal, volvió a pegar en el jugador del Barcelona y se metió en el arco a los 60.
A partir de ahí llegaron los minutos más complicados para Peñarol porque el equipo local se acercó a Sebastián Sosa.
Pero tras la arremetida de los ecuatorianos al verse en desventaja, el partido volvió a ser controlado por el Carbonero que volvió a tener oportunidades para liquidar.
En los últimos minutos, el árbitro venezolano Soto se transformó en protagonista. Primero expulsó bien a Luis Garcés a los 83 y dos minutos después también acertó en la expulsión de Estoyanoff, que puso una plancha tan insólita como descalificadora. Sobre los 88 Alcoba se fue de excursión arriba y el arquero de Barcelona le cometió tremendo penal que el juez omitió. En la última jugada del partido hubo una mano de Aguirregaray que el juez tampoco sancionó como debía.
A Peñarol le sobran los motivos para venirse feliz desde Ecuador. Ganó de visitante, quedó cerca de la siguiente fase de la Sudamericana y tuvo pose de grande en su regreso a las competencias internacionales.
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