Batlle - Beltrán: ¿duelo o asesinato?

Hace 90 años moría en un duelo Washington Beltrán. Enfrente estaba José Batlle y Ordóñez. Luego Batlle y Ordóñez se consolidaría como el padre del Uruguay moderno. Beltrán quedaría para siempre como una promesa del Partido Nacional. El periodista Diego Fisher repasa aquella historia y sus repercusiones en un libro que reaviva una polémica histórica y muestra los códigos del Uruguay de inicios del siglo XX.

Actualizado: 22 de agosto de 2010 —  Por: Redacción 180

Entrevista de Joel Rosenberg con Diego Fisher en No toquen nada, de Océano FM.

Joel Rosenberg: El periodista Diego Fischer publicó Qué tupé, un libro sobre la muerte de Washington Beltrán en el duelo con José Batlle y Ordóñez. Ese duelo es el centro de un relato histórico apasionante. La historia del duelo funciona también como un disparador para contar aquellas disputas políticas de principio del siglo XX, la rivalidad que llegaba al odio, las tribunas periodísticas que llevaban a las armas. Las dos visiones del país. Dos visiones que vuelven a chocar noventa años después, porque ya varios dirigentes del Partido Colorado han manifestado su enojo con un texto que califican de “antibatllista”, de difamatorio y falto de rigor histórico. Diego, se trata de un debate histórico que lo has transformado en un debate actual.

Diego Fischer - Al parecer.

Sí, ya has salido a responder y de eso vamos a hablar también. Diego Fischer tiene 49 años, ha escrito varios libros que se basan en varias investigaciones históricas. Quizás ustedes recuerden más Al encuentro de las tres Marías, Juana de Ibarbourou, más allá del mito porque ha sido llevada al teatro y además tiene, según dice la propia solapa, catorce ediciones vendidas.

Es así.

Comprobás que investigar periodísticamente es posible en Uruguay. Te has dedicado a eso.

He tratado de especializarme en eso. Todos mis libros tienen una base, una investigación periodística.

¿Y alguno es novelado?

Claro, claro. En este, yo siempre lo mido en porcentajes, digamos que hay un 95% de documentación, de investigación, y un 5% de novela. La novela es el vehículo que me permite atar los episodios.

La investigación me llevó dos años. Mirá, Joel, en otros libros míos la investigación, porque es un trabajo muy complejo, un trabajo que lleva mucho, mucho tiempo, implica estar horas y horas en archivo, en un museo, entrevistando gente, es decir, es trabajo, esto es trabajo. Lo subrayo porque la gente cree que acá hay una musa inspiradora, uno se sienta frente a una computadora y entra a escribir. Acá hay un sustento de trabajo.

Vos usás la novela para unir, de alguna manera…

Para que el relato fluya. Yo siempre me acuerdo de una frase del escritor chileno Jorge Edwards, que dice que si contáramos la historia textualmente y tal cual sucedió, sería muy, muy aburrida. No obstante, en este caso, y a eso apuntaba recién, la investigación la hice yo. En otros libros, inclusive en el de Juana, con un equipo de suma confianza, yo delegaba algunas áreas de la investigación. Todos los papeles que están aquí, que se reflejan aquí y sirvieron para la redacción del texto, pasaron por mis manos.

¿Qué te motivó a escribirla? Hoy en día, ya con la polémica instalada, hay una columna de El correo de los viernes del Partido Colorado, y algunos legisladores como Ope Pasquet, que dicen que te inspiró el ser blanco. ¿Se trata de una versión del Partido Nacional?

Esa es la respuesta más fácil, más rápida, más simple, para descalificar al otro. Están en su derecho, como yo estoy en mi derecho en haber escrito esto. Claro, ellos dicen que me inspiró el ser blanco, pero desconocen que yo tengo una trayectoria de treinta años ininterrumpidos de ejercicio del periodismo.

¿Pero no lo escribiste como blanco? ¿O lo escribiste como blanco y periodista?

Lo escribí como periodista, como investigador. Tengo nueve libros publicados.

¿Hay algún pedido del Partido Nacional?

En absoluto. Al punto tal de que este libro se mantuvo en reserva hasta que la Editorial Sudamericana dio la noticia en un encuentro con los libreros y dueños de librerías, allá por fines de junio. Se mantuvo una reserva total, absoluta.

“Es una versión para recalentar los rencores antibatllistas”, dice Ope Pasquet, y en términos similares se expresa El correo de los viernes, porque además, señala Pasquet “es una ficción periodística”. “Lo que es realmente lamentable es que se ubique la hipótesis del asesinato como algo verosímil”, dice la columna de El correo de los viernes.

Están en su derecho en decirlo, reitero. Pero se detienen en un episodio. Es decir, es como mirar el árbol y no mirar el bosque. Porque la historia no empieza con el duelo, la historia empieza con un episodio muy desgraciado en la vida de Batlle. Cuando él está viviendo las últimas instancias terribles y dolorosísimas de la muerte de su hija, Ana Amalia, en la estancia Arazatí. Lo que hace es mostrar un momento de pasiones, donde los fusiles de Masoller, si bien se habían acallado, no se habían acallado los odios y los rencores, y yo sostengo en el libro, y personalmente lo he repetido y lo he señalado, que la guerra civil de 1904 no terminó con la muerte de Aparicio, no terminó en Masoller, sino que terminó con la muerte de Beltrán. Lo que sucede es que cambió. El enfrentamiento pasó a ser, entre comillas, más civilizado, en el Parlamento, con un Partido Nacional cuyo caudillo había muerto, y quien estaba recorriendo el camino para sustituirlo era el doctor Luis Alberto de Herrera, muy joven entonces, y Beltrán era la gran promesa del Partido Nacional. Batlle estaba en el apogeo de su poder, porque no nos olvidemos que José Batlle y Ordoñez, si bien gobernó durante dos presidencias, en 1903 fue la primera, y después presidió en dos oportunidades el Consejo Nacional de Administración, fue un hombre que gobernó el país desde el primer día que entró a la casa de gobierno, el 1º de marzo de 1903, y hasta 48 horas antes de su muerte, en 1929, donde desde el Hospital Italiano seguía escribiendo y dirigiendo el diario El Día.

En el libro, en el mismo título, o la bajada del título, dice “Batlle-Beltrán. ¿Duelo o asesinato?”, ¿hay una intención de plantearse una hipótesis y comprobarla, si es duelo o asesinato?

No, hay una intención de plantear una hipótesis y que el lector saque las conclusiones. Y esa hipótesis surge de varios documentos, uno clave, fundamental, que está transcripto allí en partes sustanciales, es el expediente judicial. Cuando yo me encontré con ese expediente, que fue sobre el final de la investigación, no daba crédito a lo que leía. Luego, poniéndolo en un contexto, uno entiendo algunas cosas. Una época de una gran hipocresía, el duelo era en ese entonces legalmente prohibido, estaba penado por el Código Penal.

Se va a aprobar unos años después con una Amnistía especial para Batlle, casi dirigida por el Partido Colorado.

Sí, meses después. La Ley de Duelo, contrariamente a lo que la gente cree, fue una ley, como lo dice Juan Andrés Ramírez, su autor, “el traje a medida para Batlle”, para que Batlle pudiera ser candidato. Batlle fue procesado por la muerte de Beltrán, estuvo cuatro días preso. Y fijate qué cosas curioso, pero al día siguiente o a las 36 horas de que le levantan la incomunicación, quien lo va a visitar a la cárcel es el Presidente de la República, Baltasar Brum. Mantienen una reunión de más de una hora que nadie nunca supo de qué se habló. Pero a las pocas horas desfilan por la misma cárcel, los cinco ministros de la Alta Corte de Justicia, como se llamaba entonces la Suprema Corte de Justicia. Entonces es bueno pensar con qué independencia podían fallar esos jueces.

Igualmente, vos lo describís muy bien. Está bueno lo que decís de la interpretación de quien lo lea. Yo leí el libro, confieso que el libro atrapa, tiene un pulso de novela muy interesante, por más que hay una crónica de una muerte anunciada, claramente, uno igual se engancha. A mí me quedó la impresión de un duelo, no de un asesinato. O sea que está bueno que quede abierto. ¿A vos te quedó la impresión de un asesinato?

Yo me reservo la opinión porque no quiero inducir al lector.

Claro, tengo estos argumentos más algunos que hemos escuchado. Vos has leído mucha más bibliografía y te has amparado en muchos más datos. Lo de la Ley de Duelo que decías, en la página 95 se narra un fragmento de Juan Andrés Ramírez en el Parlamento, poco antes de él batirse a duelo con José Batlle y Ordóñez, sin saberlo obviamente.

Sí, 1919, o sea, un año antes del duelo que terminó con la vida de Beltrán.

Decía en el Parlamento Ramírez: “Hace treinta años que se sancionó el Código Penal, hace treinta años que existe la legislación actual respecto al duelo, y yo pregunto: ¿Cuántos son los duelistas que han purgado su delito en la cárcel? Quisiera que se me mostrara uno, tendría enorme curiosidad en conocerlo”. No existían duelistas que hubieran purgado ese delito en la cárcel.

No, y estaban sentados en esa misma cámara, muchos de ellos.

(…)

Estos duelos o debates comenzaban con la pluma, desde los diarios El Día y El País. De hecho, más que lo que se decía en el Parlamento eran las columnas de El Día o El País lo que llevaban al desafío de batirse a duelo.

Es decir, El Día y El País en la última etapa, porque La Democracia, El Plata… Porque El País nace en 1918, El Día nace mucho antes, en 1886, por allí.

Sí. “Leonel, no nos podemos quedar sin diario y menos ahora que tenemos a Batlle entre las cuerdas”, dijo Beltrán una tarde de fines de 1917 cuando se confirmó el cierre de La Democracia, el órgano del Partido Nacional que dirigía Luis Alberto De Herrera. Como había sucedido con tantos otros medios de prensa, La Democracia se había vuelto inviable económicamente. Se juntó allí con otros dos jóvenes del Partido Nacional, Eduardo Rodríguez Larreta también estaba, y juntos fundaron el diario El País, como una tribuna del Partido Nacional.

Claro. Sí, sí, y además ahí está la enumeración de principios de El País en el momento de su fundación. “El Partido Colorado con el gobierno y el Partido Nacional con el país”, dice el lema de su primer editorial. Palabras más, palabras menos.

“Frente al Partido Colorado en el poder, tengamos al Partido Nacional con el país”. Esa es la frase. Y entonces, desde allí se empiezan a redactar estas columnas que ya se hacían antes con La Democracia y en otros diarios y a enfrentarse con Batlle. Pasa que en esa época, aunque el duelo estuviera prohibido, estaba absolutamente admitido en la sociedad y en la política, que a partir de una columna que uno se sintiera agraviado, humillado, se mandaba a los padrinos.

Se mandaba a los padrinos y se cumplían las instancias del “código de honor”, como se le llamaba entonces. Varios duelos tuvo Batlle, incluso en enero de 1920 se batió a duelo con Leonel Aguirre, del cual salió herido Batlle, y el duelo se suspendió porque los padrinos entendieron que –duelo de espada-, al haber sido herido estaba en inferioridad de condiciones.

Batlle se había batido a duelo varias veces. En otras no lo hizo porque era presidente y ya era demasiado grosero que el Presidente se batiera a duelo.

(…)

La columna de Beltrán en El País, se tituló “Qué toupet”, una expresión francesa que castellanizás para el libro. Fue allí que surgió el motivo del duelo en una columna. “El campeón del fraude acusa al Partido Nacional. El campeón del fraude, el que hizo doctrina constitucional de la influencia moral”, decía Beltrán, “el que no obstante haberse tragado de sueldos más de 300 mil pesos oro, formó tesoros partidarios descontándoles obligatoriamente a los miserables sueldos de los guardias civiles y los barrenderos municipales. El que quemó el voto secreto que libera al obrero del patrón y el funcionario del gobierno. El que inventó los compromisos escritos arrancados a los legisladores antes de ser electos”. Algunas acusaciones más…

Es durísimo.

Y termina, bueno, con “qué toupet”, y vuelve a decir de qué se lo acusaba al Partido Nacional para defenderse en ese momento. Esto fue lo que enojó a Batlle. Desbordó el vaso de agua.

Sí, eso salió publicado el 1º de abril de 1920, un jueves. Cuando Elena, la mujer de Beltrán, Elena Mullin, tenía treinta años, estaba embarazada de siete meses y medio entonces, esa mañana lo despierta a Beltrán y le dice “Washington: ¿tú escribiste el artículo ‘Qué toupet’?”, y le dice “Sí”, “esto te cuesta un duelo”. Ella vivía con la obsesión del duelo.

Porque se practicaba.

Porque se practicaba y porque veía el lance periodístico permanente entre su marido y Batlle, y los blancos y los colorados.

Hay una explicación de por qué es a pistola. Primero, el ofendido es el que puede elegir armas. Esto, claro, no estaba escrito porque el duelo no era legal en ese momento.

Claro, la costumbre era un código, digamos.

Y Batlle no elige sable porque tenía lastimada una mano.

Porque se argumenta que tenía luxada la mano derecha.

Allí entra otra historia, vos contás en el libro, que se dio el duelo. ¿Cómo era?

A dos disparos y a 25 pasos. Vienen a ser 50 metros.

Pero en la primera oportunidad dispararon ambos sin puntería.

Por un lado está el testimonio de Leonel Aguirre, padrino de Beltrán, que dice que las balas fueron rasando la tierra, y ahí dice Beltrán: “yo no sentí nada, no escuché nada”. Por otro lado está lo que se le atribuye a Batlle, que está comentado por alguno de sus descendientes directos, que Batlle sintió silbar la bala por su cabeza.

La primera, en el primer intento.

Sí. Y después vino el segundo disparo. Entre un disparo y otro Rodríguez Larreta le dice a Beltrán: “Washington, afiná la puntería”, y Beltrán le responde: “No tengo espíritu de homicida”.

¿Eso narrado por quién?

Por Rodríguez Larreta.

Hay una investigación, incluso con forenses, acerca de la bala, la bala marcada, la bala no marcada. Las armas las eligió Batlle, ¿no?

No fue así. El tema era el siguiente. Las armas habían quedado en ser elegidas… Fue todo muy rápido.

De jueves a viernes de mañana.

Jueves de tarde, muy tarde. Porque los diarios en aquel entonces comenzaban a funcionar tarde.

Y los padrinos de Beltrán no encontraron armas.

No encontraron las armas para el duelo, entonces aceptaron las armas que habían ofrecido los padrinos de Batlle, que curiosamente eran pistolas del presidente Baltasar Brum, que según ellos dijeron, Batlle no conocía.

Eran dos y ahí sí Beltrán elige una de ellas.

Claro, elige una, pero eran pistolas que no eran de duelo. Yo tuve la oportunidad, hay una foto, de tenerlas en mis manos. Son pistolas francesas, dicen en el caño “París”. Fueron compradas en una armería de la calle Rivadavia número 20 en Buenos Aires. Y no son pistolas de duelo. Las pistolas de duelo, por lo menos en aquella época, se cargaban por el caño, por delante. Y las armas que se utilizan eran pistolas 9 milímetros. El segundo disparo es como lo describe, primero la autopsia de 1920 que con una gran coraje, con una gran independencia de los médicos que intervienen. Ellos revisan el cuerpo de Beltrán después de realizadas las exequias y en el informe señalan en dos oportunidades que es extraña la herida mayor. Es decir, la bala atraviesa el cuerpo de Beltrán, entra por debajo de la axila derecha y sale por la espalda, por el omóplato izquierdo, y atraviesa todos los órganos, pulmones… La herida más notoria es en la aorta descendente, donde se forma y está dibujado en el expediente y también está puesto en el libro, una estrella de siete puntos. Yo leí esa información, ese material, y consulté a dos médicos muy prestigiosos para ver si las conclusiones y la visión que aquellos médicos de 1920 con otras herramientas técnicas habían hecho un trabajo que hoy en día podía ser avalado, y los dos médicos coincidieron, fueron absolutamente categóricos al calificar de brillante el trabajo. Y esos dos médicos son el doctor Fernando Mañé Garzón, una personalidad indiscutida de la historia de la medicina uruguaya, del doctor Mañé Algorta, que fue el médico que atendió, además de ser muy amigo de Batlle, atendió a su hija.

O sea que no está teñido de influencia nacionalista.

No, no, de clara militancia en el partido, o simpatía en el Partido Colorado. Y el doctor Guido Berro, un médico legista reconocido y respetado que ahora está retirado.

Sí, se retiró hace muy poquito, el año pasado. O sea que estos dos médicos certifican que aquella autopsia, que aquella descripción de la época era muy buena, y más para 1920. ¿Y eso lleva a una hipótesis de una posible elección de un arma que fuera letal por parte de Batlle?

Eso lleva a la hipótesis de que la bala que mató a Beltrán podría haber estado marcada. El informe completo que hizo el doctor Berro está en el anexo del libro.

Sí, sí, está allí para quien lo pueda ver. Te preguntaba a vos qué hipótesis te había despertado para desarrollar la…

No, en los temas específicamente técnicos yo recurrí a especialistas también para la lectura del expediente judicial. Recurrí a un Magistrado ya retirado muy prestigioso de Derecho Penal, y el comentario de este Magistrado de larga trayectoria fue “en mi vida he visto algo así”.

El expediente después del duelo.

Claro, el expediente que tiene 54 fojas.

Que también es uno de los documentos…

Pero no es el único, porque hay cartas, hay cartas de la familia…

Hay muchos. Pero evidentemente lo que enojó a los colorados es la hipótesis del asesinato, lo de la bala marcada, lo de que estuviera armado el complot, que antes se le había avisado a Beltrán que lo querían matar, un soldado que salía mismo desde Presidencia.

Sí, eso está relatado con lujo de detalles por una carta de la suegra de Beltrán.

Aquí hay un tema con la historia. Es cierto que comienza con Batlle y una historia muy triste de su hija. Se muestra un Batlle quebrado, quizás como muy pocas veces se lo pudo haber visto en la historia. Pero después hay una historia en la que el “muchachito de la película”, en términos de Hollywood, sería Beltrán. De origen humilde, viaja a Europa para perfeccionarse sobre delincuencia juvenil, quiere hacer una obra social en Uruguay cuando llega, tiene discursos brillantes en el Parlamento, una familia hermosa, una mujer que lo quiere y le pide que no se arriesgue...

Es que fue así.

Esa es tu impresión.

No, no es mi impresión, es que fue así la historia. Beltrán es de origen muy, muy humilde.

No digo que los datos no sean ciertos.

No, pero me refiero a que la historia se dio de esa manera. Y perdió a sus padres, fijate que cuando él no había cumplido cuatro años, el mismo año muere su padre de tuberculosis en San Fructuoso, donde él había nacido, que es hoy Tacuarembó, ni siquiera se llamaba Tacuarembó. Pierde a su padre primero, a los dos meses muere su hermana mayor y en diciembre de ese año muere su madre. Queda al cuidado, junto con sus hermanos, de su abuela, Barbat de apellido y comienza a ganarse la vida en lo que puede, y logra cursar hasta sexto de escuela.

Yo te preguntaba si la intención en el hilo de la narración es que el personaje central fuera Beltrán.

No, no. Los personajes son los dos, por eso el libro está armado: un capítulo le corresponde a Batlle, el primero. Empiezan en ese orden. El segundo es una carta de Elena, la señora de Beltrán, cuando están de luna de miel en Europa, y bueno, se van alternando, un capítulo uno y un capítulo otro.

¿Pensás responder a este debate que has instalado?

Lo que yo tenía que decir está dicho en el libro. Está muy bien que ellos expresen su discrepancia. Mientras nos manejemos en el terreno del respeto, que es una cosa a mí me interesa subrayar, que en el libro no hay un solo adjetivo en contra ni a favor de ninguno de los personajes.

Pero hay muchos adjetivos para calificar tu trabajo. “Falta de rigor”…

Bueno, esas personas no han leído el libro. Si algo tiene esta investigación es rigor.